Monday, October 06, 2008

De los que pegan carteles

Siempre me fijé en la gente que pega carteles. No carteles gigantes, ni comerciales, no. Me refiero a esos folios con mensaje que empapelan universidades, farolas y barrios pluriculturales. Me llama la atención la soledad con la que llevan a cabo el ritual del cortar el celo con la boca y ajustar el cartel. Ese abismo que hay entre ser una persona normal que pasaba por allí y alguien que se para a pegar un cartel, alguien que en ese instante se desvincula de la normalidad y se hace protagonista de una utopía tímida en medio de la cotidianidad irreversible, con seguridad en sí mismo y vulnerable desconfianza ante la mirada despegada de los viandantes que podrían rasgarlos a golpe de universos paralelos.

No me canso de observalres y de intentar adivinar cómo son, qué estan pensando. De analizar cómo luchan con un par de manos y unos incisivos por sus ideales sujetos en celo, con celo. Hacen equilibrios para que no se les caiga nada, ni las ganas del bolsillo ni la esperanza de la mochila, centran la mirada en su objetivo y recorren durante horas unas aceras efímeras, grises por lo general. Ponen carteles porque quieren compartir algo solitario, íntimo, mínimo, reducido a unos cuantos. Creen con todas sus ganas que ese papel en ese lugar servirá para algo transcendental: que alguien a quién jamás conocerían, ni tal vez conocerán, se parará a leer, se interesará y entonces, solo entonces, el cartel ya habrá servido para algo, habrá sido provocar al orden lógico de las cosas, una trampa a lo secuencial, un guiño del destino.

Quieren que todos lo sepan con las mismas ganas con las que se quiere la primera vez. Sólo cuando se quiere la primera vez se está tan loco como para pegar carteles aún sabiendo que no durarán mucho en las paredes y que serán oteados por la indiferencia de la inercia con la que vamos por la vida. Pero aún así ellos pegan sus carteles. Como si fuera la última.

Desde la lejanía, de incógnito - y de incógnita- entre adoquines y chicles pegados, lanzándoles miradas por el rabillo del ojo me doy cuenta de todos los carteles que nunca pegué. De los mensajes que se quedaron perdidos entre las ganas y la intención. De lo fuera de lugar que estamos a veces sin darnos cuenta. Y de lo sumamente fácil que sería rasgar el celo con los dientes cuando aprieto de impotencia las mandíbulas.

1 comment:

Anonymous said...

En realidad, son muy cobardes, arrojando palabras así
a los postes o tablones o farolas,
para caminar después sin siquiera mirar atrás,
sin observar cómo quedó su ingenio
-si realmente lo era-,
si fue mirado.

Dejan la parte más nimia de ellos
y se van.

Y tú te inmiscuyes en sus vidas
y tratas de comprenderles
y quieres gritar junto a ellos
-como si vieras más allá de su silencio-.