bicicletas y mandarinas sobre el césped tras cortarse el pelo a la orilla de un río. las ideas jóvenes se escapan por las puntas aprovechando la nueva apertura palpable.
entonces de las cuevas del cabello desbocan pequeñas muchedumbres con fuego en las ideas y paz en las costumbres.
retomamos los hierros de la bici que contra el viento avanza entre las piernas. en los radios de las ruedas milímetros de tiempo propagan maravillas fasciculares de paisaje cinético.
el sol, soplete de luz fondente, unifica formas, disuelve el sentido del sentido de la vista: el ser neo-humano agudiza la intuición y ve el mundo mejor que nunca.
la raza que se escupía a la cara está bañada de albores tiernos. la raza antes sólo en utopía vislumbrada ya no vota en los comicios del infierno.
hay noches a las que llegas a casa de madrugada con un frío congelado que se empieza a derretir en la cama para volver a formar escarcha esparcido por el colchón. estás rodeada. y te quedas inmóvil, calentándote con el único motor de tu propio frío. me recuerdo "36 grados, 36 grados, los humanos estamos a 36 grados". y tus ojos se rinden, duermen, tu cerebro se anestesia y tu cuerpo chilla a los huesos que dejen de castañetear.
no se cómo, desvaneces.
a la tarde siguiente despiertas con las manos gélidas. no recuerdas lo que soñaste. los restos, ese charco que fue sólido en la piel del día anterior, yace a los pies de la cama y al empezar el nuevo día ves tu reflejo: la carne humana que supera el frío inhumano.
piso el suelo de vuelta al mundo y recuerdo el vértigo térmico.
sólo llevo un calcetín puesto. tengo un pie a 36 grados.
a veces en mi cuarto, cuando el tiempo se para por las noches y unos auriculares gigantes apresan mi cráneo, la música de mis mitos galvaniza mi inmaterialidad a base de decibelios sin piedad y volatiliza las paredes de mi espacio y las diferencias de mi tiempo.
y entonces es cuando lo noto estallando en el centro milimétrico de mi existencia: la energía de los salvajes que se atrevieron a contagiar la libertad del sentir de su época, que en el fondo no dejó de ser la misma de siempre.
la tercera persona en los ochenta, ella, tenía años de no llegar a las estanterías. de salir del colegio con los bajos de la falda del uniforme tan llenos de tierra que su madre todos los viernes los tenía que descoser para sacarle la arena.
a las tres de la tarde, ocurría el primer ritual que tendría en su vida. de lunes a viernes, con 5 años, la fiera llevaba unos minutos esperando en doble fila en el coche de su padre a que abrieran la verja del colegio. eso era algo que parecía que ocurría desencadenado por una canción en la radio. era una canción rara, hipnótica, inexplicable para un tímpano tan jóven. un sondio nuevo que la dejaba muy quieta, muy mágica, con un poco de miedo, mucha atracción y la mirada perdida sobre el transistor, con la intención de que su padre le dejara escuchar esos segundos de sintonía antes de bajar al colegio de nuevo.
la niña jugó, creció un poquito, y se olvidó de aquel ritual sonoro que duró los primeros años de su consciencia. pero un día recordó la melodía. su padre juraba y perjuraba que se trataba de enya, así que la adolescente escuchó infatigable toda la amplia discografía de enya y no encontró. poco después, un anuncio en la televisión que recopilaba canciones celtas cantadas por mujeres le trajo durante dos segundos esa melodía. tampoco encontró lo que buscaba.
hoy, sin querer queriendo, aquella niña casi 20 años después ha encontrado lo que fue su primer ritual. y eso es algo indescriptible: mantenerse igual de quieta ante un sonido, exactamente igual de quieta que cuando eran las tres de la tarde y se tenían cinco años, justo antes del beso paternal y de entrar al colegio de monjas en torbellino oliendo a colonia chispas.
ayer, dos años intocables cayeron sobre mí, una pila de papeles sin clasificar de todos los colores e intenciones.
fue sin querer, escurrieron de lo alto del armario adelantando un encuentro pendiente por el bien del orden de mis recuerdos.
he encontrado desgastada la entrada de la rosenvinge del concierto donde estuvimos juntas a menos de 2 metros sin conocernos, como nos pasaría en la linea 5 del metro.
mil programaciones intactas de la filmoteca, del círculo de la casa encendida, del ciclo de turno, más conciertos y mapas trillados de otras muchas ciudades...
papeles con los que no sé qué hacer, como un certificado de estudiante de bellas artes a mi nombre de la universitá degli studi roma tré, en la que nunca cursé.
o una carta jamás enviada a pedro, mi profesor de filosofía, diciéndole que tantos años después sigo habitando en todos esos aforismos y perspectivas que nos enseñó.
y detalles que olvidé, olvidándome por sorpresa de mí: guiones rara avis locutados con letra ultrapequeña enemiga del arial 14 para no talar demasidado,
detalles minúsuclos trabajados a traves de horas mayúsculas, y constantes frases en los márgenes, al márgen de lo sucedido.
también obsesivos mapas de tiempo que me recuerdan que, aunque sin éxito, lo intenté hacer lo mejor posible, para no perderme por el camino entre tanto caos bienintencionado.
Chechu es un señor mayor. Pero no se cuánto de mayor. Si un poquito, o bastante.
Chechu vive en Bilbao. Pero desde allí es ciudadano de todo el mundo escuchando atento la actualidad.
Chechu es un lobo estepario que no sale mucho de casa. Pero no se queja de su silla de ruedas, dato del que te enteras casi por casualidad.
Chechu es un hombre sensato y serio con la voz un poco ronca y grave. Pero tiene sentido del humor cuando, al igual que cualquier persona con dos dedos de frente, no entiende por qué la sociedad tiende a ir peor en lugar de mejorar.
Yo conocí a Chechu por casualidad. Pero la verdad es que no lo conozco.
Hablábamos casi todas las mañanas. A veces 3 minutos, otras llegaron a los 20 ó 23.
Me llegaba su voz a través del teléfono en la redacción, durante dos años, hasta hace 4 meses.
Ha llovido mucho sobre los todos los lazos que me unían a aquella radio. Pero el agua fertiliza el terreno y crece la vida.
Hoy, desde la octava planta, he recibido un correo de un brote verde de aquellos lazos. Chechu preguntó por mí porque me quería enviar un paquete con algunos libros.
Parece una película, pero lo abriré desde la azotea de Gran Vía 32, esa barandilla al mundo para los que sueñan mientras cuentan lo que pueden de la realidad y la arrojan al aire, transparente y palpable, directa a cualquier transistor con mil historias detrás.
ya se qué es lo que me ocurre: que cuando vas en un barco todas las olas nuevas infinitas te mantienen en silencio, asomada.
calladita y pequeña proyectando incertidumbres, despeinada por el tiempo al filo de la realidad.
el orgullo de reflexionar en paz, el pánico de no moverse en esta guerra, con una licencia para ser mujer joven y la responsabilidad del hombro arrimado.
aspiro a una niña como la del vídeo, saltando dunas gigantes que no son más que las huellas en la arena de la playa y a hacer volar mientras un barrilete, o chichigua, chiringa, lechuza, pandorga, papagayo, papalote, (que viene del náhuatl papálotl y significa ‘mariposa’) papelote, petaca, volador, volantín, pipa o papagaio.
eso si en unos poquitos años estoy en los vientos de américa latina.
pero si la vida entonces me pilla en españa, mi sueño es jugar con la muñeca de tres coletas andantes enseñándole a soñar que con la cometa o abilucho, barrilete, cachirulo, biloncha o milocha, miloca o milotxa, pandero, pandorga papaventos o sierpe, podría viajar a cualquier parte del planeta.
podría hacerlo no sólo por su imaginación en bruto o porque su poco peso la dejaría planear por el aire, como el personaje de julio verne en "dos años de vacaciones", sino porque también yo le habría enseñado desde la cuna más blanca a nombrar la palabra cometa correctamente en cualquier rincón del mundo para que así pudiera ser un bebé soñando nómada, libre y sin miedo que sólo necesitaría pronunciar una palabra bonita para echar a volar.
esta noche tengo insomnio pero por el día he soñado la mar de bien. a estas horas de la madrugada se podría ser cualquier cosa. porque da igual. casi todo da igual cuando se acercan las cuatro de la noche. porque la maquinaria está durmiendo y si quisieras inventarte una nueva pieza en la nocturnidad no encajaría, no tiene hueco, así que puede rodar libre y jugar a ser cualquier engranaje. no va a funcionar, así que te libras de la responsabilidad.
la responsabilidad. me pregunto si yo nací con la responsabilidad de ser soñadora. muchos lo sobrevaloran, que si somos necesarios en los tiempos que corren. el tiempo no para de correr, amigo. soñadora. ahora ese adjetivo me parece de lo más insulso, ñoño y facilón del mundo. porque hasta para ser soñador eres un engranaje, significa que otros no lo son y que tu con tu hueco pretendes un ritmo que no existirá, pero aún así tratas de definirlo para poder contarlo, por si cuela. nunca se sabe. osea, que no dejas de ser pieza, pero encima no haces nada real. la responsabilidad de ser sólo el ruido de las nueces. el mundo cruje y tú no llegas, no tocas nada, nada de nada.
nada de nada. la ofuscación por las noches es inútil, pero parece tan real que te quita el sueño. sólo por si acaso tiene algún sentido. que al final siempre es que no.
hemos perdido mucho los humanos desde que las pantallas de ordenador, una vez escritas, no se pueden coger con las manos y reducirse a una bola de papel en un par de segundos.
nunca sé que canción de facto delafé elegir para compartir. es como que son tan adecuadas frase por frase que hay que moderar su uso para que siguan funcionando.
a veces realmente pienso en escuadrones avanzando a la pata coja por el mundo adultos jugando a las carreras contagiosas de ver quién pilla antes al sol del horizonte.
amanece todos los días que yo recuerde así que ellos nunca paran su recreo cada vez son más los que se unen y un día no hará falta rebuscarlos.
creo en las sábanas hechas con agua mineral en ventanillas bajadas por las estrellas el el jugo de la fruta escurriendo por el brazo con el césped bajo el cuerpo y sol sobre la cara.
esta noche cálida a la intemperie madrileña al cruzar la silueta del río de mi pueblo me ha olido a manzana con caramelo brillante.
al anhelar el metro paseando las baldosas del andén me he dejado marear por el tiempo infinito de espera y cansada he cerrado los ojos para dejarme la mente girar.
en las aceras negras, grises y blancas el riego transparente y reflectante olía a campo arcilloso, rojo y nocturno.
ya de vuelta en casa te leo y caigo en la cuenta de que perder de vez en cuando las tímidas gafas es una invitación para estrenar miradas de cristal.
a diferencia de lo que pensaba ahora que soy libre no puedo escribir.
me abruma este mundo entero tan nuevo y ajeno entre mis manos.
remo en una barca inabarcable. a segundos es como no existir.
no veo el amarillo de las farolas de anoche cuando estan de canto contra la nueva luz del sol.
la dirección del camino propio acotado era el canalizador de energía robusta adecuado.
la libertad del planeta completo y redondo dispersa sobre su superficie un sentido demasiado delgado.
el pánico de mis manos acaba de ser comprobado: no hay más que lanzar una palabra al omnipresente televisor y ver cómo su sentido más auténtico es ispofacto triturado.
claro que luego está el resto, lo contrario, lo otro, mis faros, ese gesto artesano que me rodea y no me hace temblar de sinsentido.
un segundo cualquiera se me ocurrió preguntarme qué pasa cuando corriendo libre te encuentras con la orilla del mar.